La Conciencia Dormida

Empiezas el blog con muchas ganas. Al principio te sirve de terapia, de exponer a lo desconocido tus pensamientos más profundos, tus ideas acerca de la discapacidad y lo mucho que ha cambiado tu percepción porque, en nuestro caso, Silvia tenía síndrome de Down y no lo sabíamos.

Pasa el primer año. Lo que al principio estaba lleno de atenciones tempranas, fisioterapias y estimulaciones varias, ahora son mocos y biberones de leche. También entran en el juego las papillas de diversos colores y texturas y, para las valientes, el baby led-weaning o alimentación autorregulada.

Llega el segundo año. La niña va a una guardería cercana “de las normales” – porque al principio todo el mundo pregunta – Hace lo mismo que el resto de los compañeros (pis, caca, pone perdida la ropa de puré) – salvo que sus neuronas van más despacio. Anda más tarde, tarda más en hacer algunas cosas… eso sí, habla sin parar.

El tercer año. La apuntas al cole al lado de casa. Se incluye con los demás niños. La protegen porque “es más pequeña aunque tenga nuestra misma edad”. Viene a casa nombrando a Ada o a Sergio. Fabi también tiene dicho honor.

El cuarto. Te piensas si cambiarla o no a un lugar específico, donde muchos de los que están tu círculo están escolarizados. No consigues plaza pero a la vez piensas qué querría Silvia. Mientras tanto, va feliz con Fabi, Roshita, Sergio, Violeta o Navayi, que parece que está triste siempre y llora mucho. Ella nos lo cuenta y los compañeros nos lo confirman.

Por supuesto, la de Silvia es una crianza diferente. Tiene aspectos que muchísimos padres no tendrán que vivir – y que las familias de hijos con diversidad funcional no queremos que vivan – pero otros son muy similares. Y te surge la conciencia, esa que estaba dormida pero que Silvia, mi hija, ha despertado según ha ido cumpliendo años.

¿Qué queremos los padres de Silvia, Lucía, Antón, Olivia, Andrés…? Pues decir alto y claro que nuestros hijos son sociedad. Son personas que no tendrían que pelear por sus derechos, ya que si son sociedad los deberían tener otorgados desde nacimiento.

Como seres humanos tienen pleno derecho a ser incluidos en la sociedad desde su nacimiento. La maternidad no se diseña, se vive. La nuestra es en diversos momentos diferente pero no excluyente. La vivimos como nos viene y la gestionamos como sabemos y sentimos.

Esta conciencia no queremos removérosla por gusto: lo hacemos porque queremos que en el futuro nuestros hijos puedan seguir ejerciendo sus derechos. Y esto, que a priori es muy sencillo para un niño neurotípico, es un tour de Francia para los nuestros.

Nos duele mucho que una madre o un padre diga: “no te quejes que a estos niños antes se les encerraban en casa o no podían entrar en el colegio”. Este punto de vista tan torticero se utiliza cuando una minoría se queja sobre determinadas situaciones:

“Homosexuales, no os quejéis porque os hayan dado una paliza, que ya os podéis casar”

Si a ti te dan una paliza… ¿denuncias a la policía, no? Pues en nuestro caso es igual, lo único que estamos todo el tiempo dando la murga porque son muchas las “palizas” que nos dan. Nos las dan cuando derivan a nuestros hijos a centros específicos  sin haberlo solicitado. Cuando les quitan los apoyos. Cuando meten en un aula más alumnos de los indicados. Limitando o negando las empresas su inclusión laboral a través del pago de multas para no cumplir con la normativa de inserción de las personas con discapacidad en el mercado de trabajo…

Yo he tenido la conciencia dormida, y me la ha despertado Silvia. Podría habérmela despertado igual Navayi o Antón, pero mi hija me ha brindado la oportunidad de remover eso que estaba por mi cabeza.

Yo os invito a conocernos.

Estamos deseando que os adentréis en nuestras conciencias y que conozcáis nuestras reivindicaciones, que en muchos aspectos son muy similares a las vuestras.

Os solicitamos ayuda para que nuestra sociedad sea más justa e inclusiva, porque la construimos todos y cada granito de arena cuenta.

Y, como siempre, os pedimos comprensión.

Os he narrado los cuatro primeros años de mi hija de una forma muy rápida, pero es que así se me han pasado. Silvia cumplirá cinco años en agosto, seguirá creciendo y aprendiendo, se incluirá en la sociedad y quiero que conozca lo bueno y lo gris del entorno donde le ha tocado vivir.

No queremos compasión ni caridad para nuestros hijos, queremos lo mismo que para los vuestros: que paguen impuestos, que aporten al sistema de pensiones, que tengan poder adquisitivo, que gracias a la inclusión con vuestros hijos la sociedad sea mucho más colorida.

Despertad vuestra conciencia y ayudadnos a conseguirlo.

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Ying/Yang

Me gusta…

  • Ser la primera en despertarme y ver a Eloy y Silvia abrazados a Morfeo
  • Desayunar en la calle leyendo el periódico
  • Llevar de las manitas a Silvia por la Calle Fuencarral, mientra da pasos muy rápidos y a la vez se ríe y charla.
  • Hablar en inglés con mis compañeros
  • Viajar a EEUU
  • Ver el atardecer en el ensanche de Vallecas (uno de los mejores de Madrid!)
  • Bolonia y su agua transparente

Me gustaría…

  • Ser más lanzada en algunos momentos de mi vida
  • Sacarme el p%$/ero certificado Advanced
  • Aprender Joomla
  • Perder 5 kilos(o 6, si se tercia)
  • Arreglarme más – soy un desastre para estas cosas
  • Rodar un documental sobre las personas con síndrome de down y sus familias

… No sé qué voy a dejar para enero de propuestas para el nuevo año 🙂

“Es de grado leve”

Recuerdo que la maternidad no fue como lo habíaImagemos planeado antes de que llegara Silvia.

Había planificado irme a Sevilla un par de semanas cada mes de baja, para que los abuelos disfrutaran de su nieta y el papi pudiera dormir tranquilo y hobbiear.

Pero no, cuando nos confirmaron el diagnóstico, tuvimos que cambiar planes, ya que Silvia tenía que ir a Atención Temprana y no pudo llevarse a cabo el plan que al principio habíamos pensado.

Así que, un viernes que nos quedábamos aquí, decidí ir al curso de masaje infantil que daban en el centro de salud cercano a casa.

Nos lo había recomendado la chica que nos daba las citas (la hermana gemela de molly ringwald), que estaba tonta con la nena y también la pediatra que tuvimos mientras Mati estaba de vacaciones, una médico estupenda y que normalizó muchísimo la situación de nuestra hija – y que nos hizo rápidamente su volante para atención temprana –

Era octubre, yo seguía deprimida por toda la situación, no había digerido aún bien el diagnóstico, tenía una hija pero no era la que yo pensaba, la que tenía en la cabeza.

Llegué a la sala y me encontré con bebés enormes, grandísimos, normales, y yo con mi ratita de casi 3 kilos y medio, una gran gesta para una niña que pesó al nacer 2 kilos, pero claro… me sentía que la que tenía síndrome de down era yo.

Silvia no estaba muy por la labor de tanto masaje, y empezó a llorar. La matrona me dijo “sácate la teta y dale de comer” y yo le respondí que se me había ido la leche, que ella no pudo tomar nunca lactancia materna y que nació pequeñita….y que tenía síndrome de down.

Alrededor mía esos bebés tremendos, cabezones, chupando del pecho de sus madres como si les fuera la vida en ello, y la mía montando el pollo a grito pelado.

La matrona me miró con cara de pena (supongo que la que tendría yo en ese momento) y va y me suelta “es de grado leve, no se le nota nada”

A los cinco minutos salimos de allí, Silvia prometía montarme pollo al cuadrado si no le daba el biberón, “mamá novata” me decía en su extraña lengua.

Ahora recuerdo esto de manera más tranquila, y le doy la importancia que tiene. Al menos, Silvia no ha tenido nunca cólico del lactante, y las mamás iban al curso porque no dormían de la que le montaban sus bebés inmensos todas las noches.

Pero esto viene en relación a que, una vez casi al mes, salen acuerdos, reuniones, citas, etc. con las diversas fundaciones y las entidades médicas para mejorar el diagnóstico prenatal.

Y está fenomenal reunirse, hacerse la foto, poner un decálogo o manual de buenas prácticas pero… ¿qué ocurre con los que nos encontramos con la sorpresa?

Pues que te viene el facultativo o personal sanitario de turno y te dice lo de la levedad, o que nos va a dar muchos besitos o que ya tenemos compañía para toda la vida.

¿No sería interesante formar al personal de los centros de salud, que son los que van a estar más cercanos a los padres que nos encontramos con esta sorpresa?

¿No es de chiste que tenga yo que dar la información actualizada a la enfermera que le pone las vacunas a Silvia?

Me encantaría que ninguna madre – ni padre – volviera a pasar por ese momento tragicómico en la sala de masajes.

Al menos, no hemos tenido que dejarnos el sueldo en Colikin 😉

La niña marciana (dedicado al papá de Juanjo)

Aquella noche, tuve un sueño curioso. Soñé con la niña marciana.

La niña marciana aparecía en mi primer libro de lectura, el libro de Senda de 1º de EGB.  No recuerdo muy bien de qué trataban sus historias. Tampoco recuerdo el nombre de la niña marciana, pero sí sé que venía a la Tierrapara ver a Mina, uno de los personajes principales, y con ella y sus amigos, vivían muchas aventuras de tipo fantástico.

Como decía, mis recuerdos sobre esas primeras lecturas se han ido difuminando a través de los años, pero, a pesar de eso, aún conservo una agradable sensación de aquellas historias y de sus protagonistas. Lo curioso del asunto, es que estoy seguro de que la niña marciana de mi sueño era totalmente diferente a la del libro. Ésta no medía más de un palmo, y su piel brillaba con un tono blanco inmaculado.

Era de noche, y yo, vestido de calle, estaba sentado en mi sillón de lectura a punto de abrir un tomo recopilatorio de Thor. Al verla colarse  por mi ventana abierta, la lógica de aquel sueño hizo que intentara comunicarme con ella mediante el lenguaje de signos.Tras un rato manoteando en el aire como un italiano cabreado, la niña, que hasta entonces no había dicho ni palabra, me miró con  ternura y se me acercó.

—No hace falta tanto aspaviento. Te entiendo perfectamente  —dijo riéndose—. En realidad te entendería igual hicieras lo que hicieras, es uno de los poderes marcianos que tengo. Y sin esperar a que yo contestara, se colocó de un salto sobre mis rodillas con tanta fuerza que a punto estuvo de tirarme el cómic de las manos.  En ocasiones normales, le habría lanzado algún exabrupto o incluso una mirada asesina, pero en aquel sueño misterioso, la curiosidad por saber quién era esa criatura  y qué demonios hacía allí, podía con todo lo demás. Sin hacer caso a mi posible reacción, se agarró al tomo con sus manos rechonchas y silabeó en voz alta:

—¿Re-la-tos-de-As-ga-rd? Ya no tienes edad para leer estas cosas —dijo con tono de vieja institutriz. Pero no te preocupes, dentro de poco no tendrás tiempo.

Hablaba con mucho aplomo, y por eso me pregunté qué habría querido decir con lo del tiempo. Sin embargo, en lugar de explicarme nada, trepó por el volumen que estaba en mis manos y me cayó en los pantalones. Reaccioné dando un respingo como si me hubiesen tirado encima una taza de café y el cómic saltó por los aires. Ella se agarró a mi cinturón en el último momento y se quedó allí colgada con las dos manos como una trapecista. Con el susto aún en el cuerpo y ella sobre mi entrepierna, me dispuse a soltarle un buen rapapolvo, pero entonces, levantó la cabeza y me miró con tanta firmeza que me hizo callar.

—¡Escucha que no tengo mucho tiempo! —me espetó mientras se ponía en pie con pose de orador—. He venido desde muy lejos para hablar sobre tu futuro. La palabra “futuro” y la resolución con que la pronunció me dejaron completamente intrigado, así que me arrellané en el sillón y me dispuse a escucharla.

—Este año que empieza, tu vida va a cambiar para siempre porque te voy a hacer un regalo —Aquello me sonó a discurso de pitonisa callejera, pero como incluso en sueños soy muy educado, dejé que siguiera hablando—.

—Aquello que más anheláis Ana y tú se va a hacer realidad, pero no del modo en que esperáis.

—Pronto llegará a vosotros un pequeño tesoro que será a la vez dulce y amargo. Al principio, eso te dolerá (por culpa de tus prejuicios terrícolas) pero en cuanto aprendas a mirar con el corazón, sentirás que es el mejor regalo que te podían haber hecho —dijo mientras se paseaba arriba y abajo por mi muslo con aire concentrado.

—Ese tesoro diminuto pondrá tu vida boca abajo, te sacudirá de la cabeza a los pies y dejará en ti solo lo que de verdad importa. Así podrás cultivar mejor lo que crece en el jardín de tu SER para regalárselo después al mundo.

—¿Me estás diciendo que vamos a tener un bebé? —la interrumpí con emoción.

—¡Espera que aún no he acabado! —replicó irritada. Aunque la expresión de sus ojos me dijo que yo estaba en lo cierto.

—Muy pronto, mi regalo se convertirá en el centro de tus días, y a medida que vaya pasando el tiempo, te sorprenderás de que algo tan pequeño y tan frágil pueda amarrarte tanto a la vida.

—A partir de ahora, tu camino no será fácil, pero conforme avances por él, conocerás a muchas personas generosas y valientes que te acompañarán, te ayudarán a luchar y te recordarán que un buen orden de valores te hará más feliz que muchas de las cosas que ahora te parecen importantes. A esas alturas, yo ya me imaginaba con un bebé en brazos, arrullándole en su orejita hasta que se durmiera y dándole un besito de buenas noches nada más dejarle en su cuna. Al pensar eso, se me saltaron las lágrimas y miré a la pequeña marciana. Ella, que no dejaba de observarme, me sonrió con dulzura.

—Vas a ser un papá estupendo —dijo en voz baja—. Yo sé a quién doy mis regalos.

Y dicho esto, empezó a desvanecerse ante mis ojos. Intenté agarrarla para que no se marchara, pero se me deshizo entre los dedos como si fuera de agua. Justo antes de que desapareciera del todo, le grité mi última pregunta:

—¿Cómo se llamará? Con una vocecilla apenas audible, me contestó:

—Su nombre significa bosque. Y desapareció.

En ese momento, desperté. Tenía los ojos húmedos y la cabeza llena de preguntas. Ana dormía tranquilamente a mi lado, así que me levanté muy despacio para no molestarla y me fui al baño. Esa misma mañana, supimos que venía nuestra Silvia.

Los primeros dos meses

Esta es una carta que escribí cuando Silvia ya tenía dos meses. Refleja muy bien todo lo que sentí desde que nació. Entonces, me costó mucho escribirla y varias veces mi cuaderno se llenó de lágrimas, pero pese a todo, está llena de optimismo, como todo lo que rodea a nuestra pequeña Silvia.

Silvia es nuestra primera hija y, desde que supimos que venía, empezamos a hablar de cómo sería nuestra vida con ella, de los viajes que haríamos a su lado, de las cosas que pensábamos que le gustaría hacer cuando fuese mayor; incluso a veces hablábamos de lo que pensábamos que le gustaría hacer con su futuro (Ana decía que estaba dispuesta a pagarle estudios en el extranjero, en caso de que quisiera estudiar dirección de cine, algo que ella misma hizo en su día) En definitiva, como todos los padres, teníamos muchas expectativas de cómo sería nuestra Silvia.

Cuando nació, aquel día 4 de agosto, yo estaba en el pasillo del hospital, acompañado por mis padres y por los padres de Ana. Como se trataba de una cesárea de urgencia, no me permitieron entrar al paritorio (y yo tampoco lo hubiese querido, ya que la sangre me produce mucha aprensión) así que el primer sonido que hizo mi niña al venir a este mundo, lo escuché a través de la puerta de un pasillo. En los minutos siguientes, vi cómo las enfermeras se llevaban corriendo a Silvia y la introducían en una pequeña cápsula de cristal que debía ser “la incubadora”. Todo sucedió tan rápido que apenas pude ver su cuerpecillo asomando entre el arrullo que le habían puesto para protegerla del frío.

Aún no había tenido tiempo de contemplarla en la incubadora cuando la jefa de pediatría me llevó corriendo a su despacho y, con expresión muy seria, me dijo que había visto en mi niña varios rasgos característicos del Síndrome de Down, por lo que solicitaba mi autorización para hacer una prueba cromosómica que pudiera confirmar o desmentir ese diagnóstico. Yo aún estaba aturdido por la experiencia de ser padre y por la visión (fugaz) de mi niña a la que ni siquiera me habían dejado tocar, así que,  al ver la expresión afectada de la pediatra (más propia de quien anuncia una desgracia que de quien celebra un nacimiento) sentí como si, en vez de darme información sobre mi hija, me diera un puñetazo en el estómago.                                                                                                               Sus palabras exactas fueron: “hoy no le digas nada a tu mujer, porque la pobre estaba tan ilusionada… Déjala que descanse esta noche y, ya mañana, si quieres, le das la noticia (o, si no puedes, ya se la damos nosotros) ”

La expresión triste de la pediatra y lo que para mí significaba lo que decía, consiguieron que  me sumiese en un estado de confusión como no he sentido en toda mi vida. Era tal mi bloqueo, que por momentos, en vez de recibir a mi niña, pensaba estar viviendo un mal sueño o ser el objeto de alguna broma especialmente desagradable.                                          A la información que recibí aquella noche, se sumaban todos los estereotipos que entonces tenía sobre el Síndrome de Down (y que hoy se que no son ciertos)   y también el hecho de que, durante todo el tiempo que estuve en el hospital, los pediatras de guardia, las enfermeras y el resto de personal sanitario lo único positivo que dijeron de nuestra Silvia era que “estos niños son muy cariñosos y muy buenos”

En aquella clínica no hubo ni un solo médico que me hablara de la característica de Silvia de forma normalizada, que me animara diciéndome que ahora existen muchos recursos para estos niños, que pueden llegar muy lejos con la estimulación adecuada, etc, etc. Ninguna palabra de ánimo salvo muletillas y palmaditas en la espalda.                                                      Aquella primera noche fue la peor  que he pasado en mi vida, porque no sólo no le conté a Ana las sospechas de los médicos, sino que tampoco se lo dije a nadie más porque no quería preocuparles.

Una vez en casa, estaba totalmente saturado de emociones: incertidumbre, nerviosismo, la preocupación que acababa de pasar porque todo fuera bien en el parto, alegría al ver a mi niña, y luego, confusión y una pena tremenda al conocer el diagnóstico (digo “diagnóstico” porque todo el mundo daba ya por hecho que nuestra Silvia tenía Síndrome de Down)     Yo, normalmente, duermo como un lirón, pero aquella noche, tenía tal grado de ansiedad que no dormí ni me relajé ni un sólo segundo a pesar de lo intenté con todas mis fuerzas.

A la mañana siguiente, llamé por teléfono a Ana y, cuando me preguntó si había dormido bien, no pude aguantar más y le confesé que había estado toda la noche vomitando y con diarrea. Ella, al escuchar eso (totalmente impropio de mí, que tengo el estómago a prueba de bomba) se preocupó mucho por el estado de nuestra niña, así que no tuve más remedio que contarle todo, entre sollozos y lágrimas.

A partir de entonces, a cada día que pasaba, todos los profesionales que veían a nuestra niña nos decían que estaba perfectamente, que no tenía ninguna de las enfermedades asociadas al síndrome, que tenía muy buen tono muscular, que no tenía ningún rasgo claro de los característicos de los niños Down, etc, etc. Con toda esa información, y a la espera del resultado del cariotipo, nuestra incertidumbre inicial, fue trasformándose poco a poco en la esperanza de que todo hubiera sido un error o una sospecha infundada.                              Por eso, cuando el día 1 de septiembre, nos comunicaron que el cariotipo había dado positivo. nuestro chasco fue aún mayor de lo habitual.

Desde ese momento han pasado muchas semanas. Hemos acudido a la Fundación Síndrome de Down de Madrid, donde nos explicaron tranquilamente en qué consiste en síndrome y lo que supone y supondrá para Silvia en el futuro, todo de forma muy natural, sin alarmismos y desmontando todos los estereotipos que hay sobre este tema. En la fundación hemos recibido muchas palabras de apoyo y nos hemos sentido muy acogidos. Ha sido el primer lugar donde nos han dado la enhorabuena por el nacimiento de nuestra Silvia.

Los pediatras que han visto a nuestra nena siguen diciendo que está sanota como una pera, que tiene muy buen tono muscular (cosa que también dicen las chicas de atención temprana) y, por supuesto,  todo eso nos tranquiliza muchísimo.

Hace poco he hablado con Ana sobre Silvia y ambos hemos coincidido en que, entre los agobios habituales de los padres primerizos, y toda la preocupación, la incertidumbre y la pena por nuestro especial diagnóstico, nos hemos pasado el primer mes y medio sin disfrutar de nuestra nena como nos merecíamos (y como se merecía ella) Sin embargo, ahora mismo estamos bastante mejor con ella, mucho más tranquilos e ilusionados, porque sabemos que vamos a poner todo de nuestra parte para que nuestra Silvia llegue a donde ella quiera y porque creemos, de verdad, que con los apoyos adecuados puede llegar muy lejos, ni más ni menos que cualquier otro niño, tenga o no Síndrome.

Como me dijo mi profesora de terapia de familia (una mujer muy sabia y muy buena terapeuta) Ana y yo estamos en un proceso de duelo en el que tenemos que elaborar la realidad que nos ha tocado vivir y aceptarla con alegría y con paz. Se trata de que nos despidamos de aquella Silvia imaginaria que esperábamos, y abracemos a esta otra Silvia, la real, que es la que nos necesita, la que nos sonríe, la que empieza ahora a mirarnos y la que está llenando nuestra vida de alegría desde el momento en que ha venido a nuestro lado.                                                                                                                                                   Por mi experiencia laboral, se lo que es hacer un duelo: despedirse de seres queridos o de cosas valiosas y aceptar su pérdida o su abandono. Todos los duelos conllevan pena y sufrimiento en sus primeras fases, pero después, si uno logra aceptar ese sufrimiento y aprender de él, se hace más fuerte y más sabio y es capaz de recordar a la persona o a la cosa querida con paz en vez de con pena.

Ana y yo hemos hablado mucho sobre Silvia,  le hemos escrito lo que pensábamos de ella (eso forma parte de los deberes que nos mandó mi profesora para que elaborásemos el duelo) y yo creo que este revés que nos ha dado la vida, también nos ha unido más, ha hecho que comunicásemos un poco mejor nuestras emociones y, en definitiva, pienso que una vez que hemos aceptado cómo es nuestra Silvia, lo que al principio nos provocaba dolor y tristeza, ahora nos mueve a luchar con todas nuestras fuerzas para seguir adelante.             Esto no quiere decir que, a lo largo de los años que nos quedan por vivir con nuestra nena, no tengamos momentos de desánimo, pero ahora se que nos los permitiremos y saldremos aún más fortalecidos.

Para mí Silvia es un regalo, lo fue desde el momento en que escuché su primer llanto a través de la puerta metálica de la clínica. Lo se cada instante en que miro su carita, cuando la cojo y la beso (cosa que hago muchísimo porque soy muy mimoso) Cuando la canto, cuando Ana y yo le enseñamos la vida y vemos cómo va aprendiendo cada día más. Lo se porque, ahora mismo ya no me imagino vivir sin ella y se que eso mismo le pasa a Ana, a mi amor, la mujer que quiero y que es la mejor mamá que mi niña puede tener.

Al escribir esta carta he llorado mucho, pero, como ya llevo mucho trabajo terapéutico a mis espaldas, se que eso es un buen síntoma (uno debe saber permitirse la emoción porque es algo sanísimo y te quedas fenomenal) así que, espero que todo lo que he contado en esta carta os haya valido de algo. A mí, desde luego que me ha valido: para conectar con mis emociones y confirmarme que Silvia es lo mejor que me ha pasado en la vida, sea como sea y tenga lo que tenga.

Un besazo,

Eloy

A las mamis recientes

Cuando nació Silvia, en pleno mes de agosto, había poca gente en Madrid.

Es más, su madrina estaba en Tailandia, su padrino en Valladolid, sus abuelos recién llegados de Sevilla y otros bichos sueltos entre Londres, la playa y la montaña.

Cuando nació Silvia, siempre nos acordaremos de dos parejas que se plantaron en el hospital y se maravillaban del bichito que acabábamos de tener.

A los que siempre les dio igual que Silvia tuviera 47, 87 , 500 cromosomas…

Nos deseaban toda la felicidad del mundo.

Nos pedían que estuviéramos fuertes y que esperáramos calmados el cariotipo.

Tuvieron la suerte de verla allí, a veces tomando rayos uva, otras repantigada y sacando su lengua de manera pícara…

Estas dos parejas se quedaron embarazadas casi en el momento de nacer Silvia. Y una de las cosas que nos decían cuando nos comunicaban la feliz noticia era ” hay que darle amiguitos a silvi para que juegue”

Sara ha tenido a Hugo, que nació hace ya casi 2 semanas. Isabel acaba de tener a Adriana, que ha nacido hoy.

Siempre recordaremos los minutos que pasasteis a nuestro lado en el Hospital… y que, al parecer, os animó a que aumentarais la población mundial!

De parte de una mami ya no tan reciente… gracias a las dos 🙂

(y a los papis también, que se me enfadan!)

Carta al destello de mis ojos.

Antes de nacer Silvia, cuando ni siquiera sabíamos que sería una beba y no un bebé ni que sería tan “especial” pero nos enteramos de que llegaba, escribí esta carta. Aquí os la dejo para que todos y todas podáis leerla.


Carta al destello de mis ojos.


Primero, nació un destello en mis ojos. Ese destello prendió en los ojos de Ana (que tantos otros destellos han provocado en los míos) y allí, en su mirada, surgió otro destello semejante. Nos cogimos de la mano mientras nuestros resplandores empezaban a bailar. Después, también nosotros bailamos entre besos y caricias.
Como ya te habíamos esperado otras veces (y no venías) y teníamos puesta nuestra atención en otras cosas, no se nos ocurrió que de ese baile luminoso, fueras a nacer tú. Cuando lo supe, sentí una mezcla de miedo y alegría. Miedo, por no saber cuidarte bien (ese miedo, fruto de mi perfeccionismo que, a menudo me paraliza e impide que materialice mis sueños) Miedo por no saber organizar mi tiempo para poder cuidar de ti sin dejar de cuidar de Ana y de mí. Miedo, por dejar de lado mis sueños por estar a tu lado. Miedo, por no tener suficientes cosas que ofrecerte para que crezcas sabiendo cómo viajar feliz por la vida.

Yo siempre tengo mucho miedo y, en este caso, no iba a ser una excepción. Pero, bajo todos esos temores, sentía otra emoción que no siempre me permito sentir, pero que es la mejor parte de mí mismo. Sentí alegría, una alegría contagiosa que se ha extendido por la red como un viento de verano. Es un sentimiento poderoso y primitivo como el que a uno le asalta al contemplar un amanecer.
Desde hace unas semanas, sobre todo siento eso, que se acerca un nuevo día cargado de ilusión y de agradecimiento. Ilusión, por darte lo mejor que tengo para que crezcas sano y feliz, independientemente de lo que me cueste. Agradecimiento, porque se que las cosas no siempre serán fáciles cuando estés entre nosotros, pero, gracias a ti, voy a luchar por superarme a mí mismo para poder ser cada día mejor persona y mejor padre. Yo me lo merezco, Ana se lo merece y tú también te lo mereces.

Desde que asimilamos la noticia de tu llegada, Ana y yo hablamos mucho de cómo vas a llamarte, nos sorprendemos por los cambios que ella experimenta en su cuerpo (bueno, ella además de sorprenderse, también los padece) y, a menudo nos descubrimos soñando cómo será nuestro futuro contigo. Hablamos de la manera de educarte, de los lugares que te vamos a enseñar, del colegio al que te vamos a llevar. Pero, cualquiera que me conozca, sabe que en eso de soñar despierto, llevo mucha ventaja a Ana. Y en verdad, sueño mucho contigo. Pienso en todas las veces que te cogeré entre mis brazos para darte el biberón o para ayudarte a que te duermas. Sueño en el momento en que empieces a gatear y a caminar por tu cuenta (cualquier dolor de espalda será bienvenido con tal de asegurarme de que no te haces daño)
Pienso también en todas las caricias y los besos que te voy a dar, y en las nanas que te voy a cantar (y que, gracias a eso, voy a dar buen uso al solfeo que estudié de pequeño) Y sonrío al imaginarme sacando chocolatinas de tus orejitas como me hacía mi padre cuando yo era pequeño y quería verme feliz.
Una de las cosas en que más pienso, es en los cuentos que te voy a contar. Algunos serán los que me emocionaron a mí de pequeño, pero otros los tejeré para ti, para que te envuelvas con ellos por la noche, y tengas unos sueños dulces que ensanchen tu mundo y te hagan cada día un poco más sabio y más seguro de ti mismo.

Dicen que los niños cuando vienen son un regalo. Desde que se que tú vienes, pienso que además de recibir un regalo, voy a tener el privilegio de compartir mi vida contigo, de crecer contigo y de aprender de ti. Te lo agradezco de todo corazón.

Un besito y un achuchón muy tierno.

Te quiero,

Tu papá.