31 for 21 – Nadie nos enseña.

Nadie nos enseña a convivir con la discapacidad, ni en la escuela, ni en la mayoría de nuestras familias (a menos que el tema nos pille de cerca porque uno de nuestros seres queridos tenga una discapacidad)
Desde pequeños, vemos a las personas con discapacidad como esos seres extraños con los que ocasionalmente nos topamos por la calle y que nos producen una mezcla de compasión, rechazo y confusión (estas tres emociones se darán en mayor o menor grado según la historia de cada uno y su grado de empatía, sensibilidad y madurez)
Nadie, repito, nos enseña en qué consiste la discapacidad ni a ver a quien la tiene como alguien cercano a nosotros, a fijarnos en su valía y en sus capacidades y no en sus posibles limitaciones. Por eso muchos dudamos en ayudar a una persona invidente cuando está a nuestro lado porque no sabemos cómo reaccionar, qué sentir y porque tampoco sabemos muy bien cómo reaccionará él a nuestra ayuda (si con enfado o indignación) Nuestro miedo a que el “discapacitado” rechace la ayuda que le brindamos es un reflejo del rechazo que nosotros sentimos hacia él.
Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, cuando la discapacidad entra en nuestra vida nos llevamos las manos a la cabeza al ver cómo mucha gente reacciona con compasión, rechazo o confusión. Nos sentimos tan heridos por esas reacciones que juzgamos al otro y lo tachamos de cruel o insensible olvidando que, hasta no hace tanto, también nosotros sentíamos algo de lo que siente él cuando ve a nuestros hijos.

A veces observo miradas y actitudes hacia mi niña que me duelen y que sacan lo peor de mí pero, en esos momentos, tengo que recordar que esas actitudes siempre son fruto del prejuicio y de la ignorancia, los mismos que yo tenía antes de nacer Silvia. Por eso, antes de juzgar y cabrearme, es mejor que intente aportar mi granito de arena para educar a los demás, para que se sientan cómodos cerca de la discapacidad, para que vean más allá de las apariencias y se den cuenta de que a todos los seres humanos nos une mucho más de lo que nos diferencia.

Hay mucho trabajo por hacer para que nuestra sociedad sea capaz de acoger toda la diversidad humana sin importar etnia, origen, condición o capacidades. Yo lo hago siempre que puedo con las familias con que trabajo, con los chavales de mis grupos de preadolescentes, con mis colegas escritores, con todo el que pillo por banda pero, sobre todo, conmigo mismo para no caer en los errores que a veces me dan ganas de juzgar.

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