“Es de grado leve”

Recuerdo que la maternidad no fue como lo habíaImagemos planeado antes de que llegara Silvia.

Había planificado irme a Sevilla un par de semanas cada mes de baja, para que los abuelos disfrutaran de su nieta y el papi pudiera dormir tranquilo y hobbiear.

Pero no, cuando nos confirmaron el diagnóstico, tuvimos que cambiar planes, ya que Silvia tenía que ir a Atención Temprana y no pudo llevarse a cabo el plan que al principio habíamos pensado.

Así que, un viernes que nos quedábamos aquí, decidí ir al curso de masaje infantil que daban en el centro de salud cercano a casa.

Nos lo había recomendado la chica que nos daba las citas (la hermana gemela de molly ringwald), que estaba tonta con la nena y también la pediatra que tuvimos mientras Mati estaba de vacaciones, una médico estupenda y que normalizó muchísimo la situación de nuestra hija – y que nos hizo rápidamente su volante para atención temprana –

Era octubre, yo seguía deprimida por toda la situación, no había digerido aún bien el diagnóstico, tenía una hija pero no era la que yo pensaba, la que tenía en la cabeza.

Llegué a la sala y me encontré con bebés enormes, grandísimos, normales, y yo con mi ratita de casi 3 kilos y medio, una gran gesta para una niña que pesó al nacer 2 kilos, pero claro… me sentía que la que tenía síndrome de down era yo.

Silvia no estaba muy por la labor de tanto masaje, y empezó a llorar. La matrona me dijo “sácate la teta y dale de comer” y yo le respondí que se me había ido la leche, que ella no pudo tomar nunca lactancia materna y que nació pequeñita….y que tenía síndrome de down.

Alrededor mía esos bebés tremendos, cabezones, chupando del pecho de sus madres como si les fuera la vida en ello, y la mía montando el pollo a grito pelado.

La matrona me miró con cara de pena (supongo que la que tendría yo en ese momento) y va y me suelta “es de grado leve, no se le nota nada”

A los cinco minutos salimos de allí, Silvia prometía montarme pollo al cuadrado si no le daba el biberón, “mamá novata” me decía en su extraña lengua.

Ahora recuerdo esto de manera más tranquila, y le doy la importancia que tiene. Al menos, Silvia no ha tenido nunca cólico del lactante, y las mamás iban al curso porque no dormían de la que le montaban sus bebés inmensos todas las noches.

Pero esto viene en relación a que, una vez casi al mes, salen acuerdos, reuniones, citas, etc. con las diversas fundaciones y las entidades médicas para mejorar el diagnóstico prenatal.

Y está fenomenal reunirse, hacerse la foto, poner un decálogo o manual de buenas prácticas pero… ¿qué ocurre con los que nos encontramos con la sorpresa?

Pues que te viene el facultativo o personal sanitario de turno y te dice lo de la levedad, o que nos va a dar muchos besitos o que ya tenemos compañía para toda la vida.

¿No sería interesante formar al personal de los centros de salud, que son los que van a estar más cercanos a los padres que nos encontramos con esta sorpresa?

¿No es de chiste que tenga yo que dar la información actualizada a la enfermera que le pone las vacunas a Silvia?

Me encantaría que ninguna madre – ni padre – volviera a pasar por ese momento tragicómico en la sala de masajes.

Al menos, no hemos tenido que dejarnos el sueldo en Colikin 😉

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