Carta al destello de mis ojos.

Antes de nacer Silvia, cuando ni siquiera sabíamos que sería una beba y no un bebé ni que sería tan “especial” pero nos enteramos de que llegaba, escribí esta carta. Aquí os la dejo para que todos y todas podáis leerla.


Carta al destello de mis ojos.


Primero, nació un destello en mis ojos. Ese destello prendió en los ojos de Ana (que tantos otros destellos han provocado en los míos) y allí, en su mirada, surgió otro destello semejante. Nos cogimos de la mano mientras nuestros resplandores empezaban a bailar. Después, también nosotros bailamos entre besos y caricias.
Como ya te habíamos esperado otras veces (y no venías) y teníamos puesta nuestra atención en otras cosas, no se nos ocurrió que de ese baile luminoso, fueras a nacer tú. Cuando lo supe, sentí una mezcla de miedo y alegría. Miedo, por no saber cuidarte bien (ese miedo, fruto de mi perfeccionismo que, a menudo me paraliza e impide que materialice mis sueños) Miedo por no saber organizar mi tiempo para poder cuidar de ti sin dejar de cuidar de Ana y de mí. Miedo, por dejar de lado mis sueños por estar a tu lado. Miedo, por no tener suficientes cosas que ofrecerte para que crezcas sabiendo cómo viajar feliz por la vida.

Yo siempre tengo mucho miedo y, en este caso, no iba a ser una excepción. Pero, bajo todos esos temores, sentía otra emoción que no siempre me permito sentir, pero que es la mejor parte de mí mismo. Sentí alegría, una alegría contagiosa que se ha extendido por la red como un viento de verano. Es un sentimiento poderoso y primitivo como el que a uno le asalta al contemplar un amanecer.
Desde hace unas semanas, sobre todo siento eso, que se acerca un nuevo día cargado de ilusión y de agradecimiento. Ilusión, por darte lo mejor que tengo para que crezcas sano y feliz, independientemente de lo que me cueste. Agradecimiento, porque se que las cosas no siempre serán fáciles cuando estés entre nosotros, pero, gracias a ti, voy a luchar por superarme a mí mismo para poder ser cada día mejor persona y mejor padre. Yo me lo merezco, Ana se lo merece y tú también te lo mereces.

Desde que asimilamos la noticia de tu llegada, Ana y yo hablamos mucho de cómo vas a llamarte, nos sorprendemos por los cambios que ella experimenta en su cuerpo (bueno, ella además de sorprenderse, también los padece) y, a menudo nos descubrimos soñando cómo será nuestro futuro contigo. Hablamos de la manera de educarte, de los lugares que te vamos a enseñar, del colegio al que te vamos a llevar. Pero, cualquiera que me conozca, sabe que en eso de soñar despierto, llevo mucha ventaja a Ana. Y en verdad, sueño mucho contigo. Pienso en todas las veces que te cogeré entre mis brazos para darte el biberón o para ayudarte a que te duermas. Sueño en el momento en que empieces a gatear y a caminar por tu cuenta (cualquier dolor de espalda será bienvenido con tal de asegurarme de que no te haces daño)
Pienso también en todas las caricias y los besos que te voy a dar, y en las nanas que te voy a cantar (y que, gracias a eso, voy a dar buen uso al solfeo que estudié de pequeño) Y sonrío al imaginarme sacando chocolatinas de tus orejitas como me hacía mi padre cuando yo era pequeño y quería verme feliz.
Una de las cosas en que más pienso, es en los cuentos que te voy a contar. Algunos serán los que me emocionaron a mí de pequeño, pero otros los tejeré para ti, para que te envuelvas con ellos por la noche, y tengas unos sueños dulces que ensanchen tu mundo y te hagan cada día un poco más sabio y más seguro de ti mismo.

Dicen que los niños cuando vienen son un regalo. Desde que se que tú vienes, pienso que además de recibir un regalo, voy a tener el privilegio de compartir mi vida contigo, de crecer contigo y de aprender de ti. Te lo agradezco de todo corazón.

Un besito y un achuchón muy tierno.

Te quiero,

Tu papá.

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